Quizás
no debiéramos adelantarnos a los acontecimientos, una razón suele ser
suficiente cuando todo parece cernirse sobre nuestras existencias que a nuestro
entender, son efímeras.
Nadie
encuentra la verdad cuando la busca fuera, la verdad suele estar en nosotros
mismos ya que somos parte de un todo.
Los
grandes problemas suelen ser pequeños cuando encontramos la solución. Ese es el
gran dilema humano, no saber solucionar. ¿La clave de todo?: La paciencia.
Si
pensamos con amor, los problemas se vuelven pequeñas pruebas.
El
amor no es el gozo del cuerpo físico, tan mal entendido que lo tenemos. El amor
es la libertad del espíritu, que incondicionalmente se abre al universo de
seres. Si pudiéramos entender esto que parece complejo, pero a la vez es tan
simple…
El
sistema en el que nos encontramos presos nos lleva a una carrera loca por
logros materiales, éxito… Es una locura. Y cuando por fin entendemos qué es lo
que posee el gran bien, el valor, el ORO tan buscado, nos damos cuenta de que
estamos vacíos.
De nada vale un saco de riquezas si nuestra alma es pobre.
El
saco terreno se llena de bienes tangibles, pero el saco que viaja con nosotros
al terminar nuestra vida no es tangible. Y esa es la riqueza que llevamos con
nosotros. Lo que trasciende al otro plano no es lo que compramos, sino lo que
cultivamos en nosotros mismos y en los seres que nos acompañan en este viaje
que es la vida.
Estamos
rodeados de mensajes y señales que nos indican el valor de un abrazo, una
sonrisa, el prestar un oído, un hombro, el dedicar un poco de tiempo, el pensar
antes de decir algo que lastime, el reclamar con amor, el reprender con
paciencia… siempre escuchamos eso de contar hasta diez. Pero esas señales
suelen ser pasadas por alto porque nadie nos enseñó la importancia verdadera, y
que si las aplicamos a TODOS los ámbitos de nuestras vidas, podemos ser
mejores, y seguramente cuando trascendamos, nuestro saco no estará vacío.
Amar
y sufrir por otro es algo muy común, pero amarse a uno mismo con esa intensidad
no es tan frecuente. Cuando aprendemos a amarnos a nosotros mismos, encontramos
que ese amor es tan grande que es necesario compartirlo y aprendemos a amar al
otro con pequeñas grandes cosas, como el tener paciencia, comprensión y
necesidad de dar libertad y compartir el conocimiento que nos da ese amor.
Cuando
comprendemos y experimentamos el amor incondicional, dejamos de sufrir y
logramos el desapego de ese amor mezquino, material y físico que nos lleva a
atarnos a nosotros mismos y a atar al otro.